MEMORIA DERRAMADA
Fue
cansado limpiar la tierra que se rehusaba a salir de los mosaicos, de las
paredes, del aire. Juntar las telas y las cajas, los papeles y las figuras de
cerámica, muebles inútiles y vidrios rotos. Todo esto con la mayor rapidez
posible: era necesario limpiar la casa antes de que apareciera el moho.
Es
triste recordar los efectos que aquella agua nos trajo y los muchos y preciosos
recuerdos que permanecían regados en el piso, cubiertos de asquerosidades. De
las pocas cosas de valor que se habían quedado en el primer piso no quedaba más
que los destrozos de su ida.
Recuerdo
esa noche. Nos mirábamos inquietos mientras cenábamos unos frijoles que mamá
preparó. Y nuestros ojos vidriosos presentían desgracias. A lo mejor sólo
éramos pesimistas. Entonces lo escuchamos. Una sorda caída en el agua. ¿Una?
No. Fueron como tres continuas. La puerta de la sala de abajo hizo su sonido de
siempre. Entraron a la casa.
En
las noches llovía durísimo, y el agua nos llegaba arriba de las rodillas. Todos
teníamos miedo, menos papá.
-¿Qué
miedo van a tener? Si apenas es un charquito. Y tenemos dos pisos. Si nos vamos
nosotros es porque a todo Tabasco se lo llevó el diablo.
Mi
mamá se persignó, a fuerza de creerle. Claudia, mi hermana, temía no ir a la
escuela para ver a sus amigas, esas chamacas odiosas. Aún así, papá subió las
cosas que él consideró de valor, lo demás lo dejó encima de mesas, sillas y
lugares altos.
-Mucho
hice escuchando sus lloriqueos, ya están a salvo sus tiliches. Si los quieren
llevar p’arriba, allá ustedes. Vano esfuerzo porque de aquí no pasa –decía
mientras hacía señales con el índice, como si le estuviera dando de comer a los
animalitos que se asoman al parque Tomás Garrido. Ese día papá se fue. Perdido
en ríos de borrachera.
El 1
de noviembre improvisamos una ofrenda. En la escuela siempre gano el concurso
de ofrendas, pero ahora los recursos y circunstancias eran otros. Me las
ingenié para desocupar el tocador de mamá y poner unas cortinas moradas a forma
de mantel: velas, cacahuates, galletas de animalitos y caldo de pollo. Ahí
nomás. Nuestra ofrenda.
Faltó
hacer los rezos, pero el pendiente de subir lo que se quedó desvaneció la
devoción mariana.
La
que más me enojaba era Claudia. Que si le subía ropa, que unas libretas, unos
discos de colección, un cargador… Terminó dándome una lista para después irse a
tirar piedritas en el agua. Mamá no podía acompañarme, sus dolores de rodillas
se hacían más fuertes por la humedad. Solo, baje al primer piso con lentitud.
El
agua era fresca, llegaba a la cintura. Fui dando pasos cortos, aterrado por la
idea de una serpiente. Ya confiado di pasos más largos. Me hizo recordar cuando
fui con mis amigos a Los Delfines a mojarnos un rato. Ese día fue Lupita, con
un traje de baño que nos desviaba la mirada… y los pensamientos.
-Está
bien buena la Lupita, mira namás qué curvas –dijo Alejandro, y yo reía de verlo
babeando.
Ver
la casa llena de agua me dio una sensación de irrealidad. Estas cosas no
deberían pasar. Traer a la mente los recuerdos de mi infancia y asimilarlo a un
espacio tan húmedo, daba miedo. Los dedos me temblaban como cuerdas de
guitarra. No logré subir mucho, sólo aquello que mamá y Claudia creían
importante.
Claudia
perdió la cabeza. Mamá estaba por seguirle. Yo esperaba que cayera una idea del
cielo. Claudia nos daba una lista mental de lo que podrían estar robando, de
cuántos eran y lo que podrían hacernos. Mamá buscaba poner orden. Fui a la
cocina y agarré el machete.
-No
estamos para jugar al héroe –se burló Claudia.
-Vamos
con doña Carmen -dije, ya que siempre la vi como un ángel protector.
-Tú
lo que quieres es verle las piernas peladas a la hija de doña Carmen.
-
¡Deja de decir idioteces y di algo útil!
Mamá
hizo un ademán conciliador y nos llevó fuera de la casa. Entonces el ruido de
abajo se hizo más fuerte. Se dieron cuenta que la casa tenía dueño.
La
casa de doña Carmen estaba lo suficientemente pegada como para pasar por su
techo. Quitando el alambre que servía como frontera, pasamos lo más silencioso
posible a través del techo, hasta llegar a la puerta.
Doña
Carmen abrió, me parece haber visto a su hija durmiendo en el sofá, con un
short lila que dejaba ver sus muslos de mármol. Regresé corriendo a la casa,
víctima de un impulso ajeno, pensando que mi deber era defender mi hogar.
Cuando
regresé, mamá estaba como furia. La Claudia, tratando de tranquilizarla. Pero
veloz como el rayo, mamá me soltó una cachetada.
-¿Cómo
se te ocurre? ¿Qué tal que te malmatan? Serás tonto. ¿Qué fuiste a hacer?
Frotaba
mi cara para ocultar las lágrimas, avergonzado de que la hija de doña Carmen me
viera llorando. Levanté la bolsa con las medicinas de mamá y agregué:
-También
tiré las botellas de papá y oculté su llave. Por si se le ocurría venir a esta
hora y con ladrones en casa.
Escrito por Hakeem Reddie