domingo, 6 de octubre de 2013

Memoria derramada



MEMORIA DERRAMADA
Fue cansado limpiar la tierra que se rehusaba a salir de los mosaicos, de las paredes, del aire. Juntar las telas y las cajas, los papeles y las figuras de cerámica, muebles inútiles y vidrios rotos. Todo esto con la mayor rapidez posible: era necesario limpiar la casa antes de que apareciera el moho.
Es triste recordar los efectos que aquella agua nos trajo y los muchos y preciosos recuerdos que permanecían regados en el piso, cubiertos de asquerosidades. De las pocas cosas de valor que se habían quedado en el primer piso no quedaba más que los destrozos de su ida.
Recuerdo esa noche. Nos mirábamos inquietos mientras cenábamos unos frijoles que mamá preparó. Y nuestros ojos vidriosos presentían desgracias. A lo mejor sólo éramos pesimistas. Entonces lo escuchamos. Una sorda caída en el agua. ¿Una? No. Fueron como tres continuas. La puerta de la sala de abajo hizo su sonido de siempre. Entraron a la casa.
En las noches llovía durísimo, y el agua nos llegaba arriba de las rodillas. Todos teníamos miedo, menos papá.
-¿Qué miedo van a tener? Si apenas es un charquito. Y tenemos dos pisos. Si nos vamos nosotros es porque a todo Tabasco se lo llevó el diablo.
Mi mamá se persignó, a fuerza de creerle. Claudia, mi hermana, temía no ir a la escuela para ver a sus amigas, esas chamacas odiosas. Aún así, papá subió las cosas que él consideró de valor, lo demás lo dejó encima de mesas, sillas y lugares altos.
-Mucho hice escuchando sus lloriqueos, ya están a salvo sus tiliches. Si los quieren llevar p’arriba, allá ustedes. Vano esfuerzo porque de aquí no pasa –decía mientras hacía señales con el índice, como si le estuviera dando de comer a los animalitos que se asoman al parque Tomás Garrido. Ese día papá se fue. Perdido en ríos de borrachera.
El 1 de noviembre improvisamos una ofrenda. En la escuela siempre gano el concurso de ofrendas, pero ahora los recursos y circunstancias eran otros. Me las ingenié para desocupar el tocador de mamá y poner unas cortinas moradas a forma de mantel: velas, cacahuates, galletas de animalitos y caldo de pollo. Ahí nomás. Nuestra ofrenda.
Faltó hacer los rezos, pero el pendiente de subir lo que se quedó desvaneció la devoción mariana.
La que más me enojaba era Claudia. Que si le subía ropa, que unas libretas, unos discos de colección, un cargador… Terminó dándome una lista para después irse a tirar piedritas en el agua. Mamá no podía acompañarme, sus dolores de rodillas se hacían más fuertes por la humedad. Solo, baje al primer piso con lentitud.
El agua era fresca, llegaba a la cintura. Fui dando pasos cortos, aterrado por la idea de una serpiente. Ya confiado di pasos más largos. Me hizo recordar cuando fui con mis amigos a Los Delfines a mojarnos un rato. Ese día fue Lupita, con un traje de baño que nos desviaba la mirada… y los pensamientos.
-Está bien buena la Lupita, mira namás qué curvas –dijo Alejandro, y yo reía de verlo babeando.
Ver la casa llena de agua me dio una sensación de irrealidad. Estas cosas no deberían pasar. Traer a la mente los recuerdos de mi infancia y asimilarlo a un espacio tan húmedo, daba miedo. Los dedos me temblaban como cuerdas de guitarra. No logré subir mucho, sólo aquello que mamá y Claudia creían importante.
Claudia perdió la cabeza. Mamá estaba por seguirle. Yo esperaba que cayera una idea del cielo. Claudia nos daba una lista mental de lo que podrían estar robando, de cuántos eran y lo que podrían hacernos. Mamá buscaba poner orden. Fui a la cocina y agarré el machete.
-No estamos para jugar al héroe –se burló Claudia.
-Vamos con doña Carmen -dije, ya que siempre la vi como un ángel protector.
-Tú lo que quieres es verle las piernas peladas a la hija de doña Carmen.
- ¡Deja de decir idioteces y di algo útil!
Mamá hizo un ademán conciliador y nos llevó fuera de la casa. Entonces el ruido de abajo se hizo más fuerte. Se dieron cuenta que la casa tenía dueño.
La casa de doña Carmen estaba lo suficientemente pegada como para pasar por su techo. Quitando el alambre que servía como frontera, pasamos lo más silencioso posible a través del techo, hasta llegar a la puerta.
Doña Carmen abrió, me parece haber visto a su hija durmiendo en el sofá, con un short lila que dejaba ver sus muslos de mármol. Regresé corriendo a la casa, víctima de un impulso ajeno, pensando que mi deber era defender mi hogar.
Cuando regresé, mamá estaba como furia. La Claudia, tratando de tranquilizarla. Pero veloz como el rayo, mamá me soltó una cachetada.
-¿Cómo se te ocurre? ¿Qué tal que te malmatan? Serás tonto. ¿Qué fuiste a hacer?
Frotaba mi cara para ocultar las lágrimas, avergonzado de que la hija de doña Carmen me viera llorando. Levanté la bolsa con las medicinas de mamá y agregué:
-También tiré las botellas de papá y oculté su llave. Por si se le ocurría venir a esta hora y con ladrones en casa.


                                                                        Escrito por Hakeem Reddie

Otoño



-Señorita, ¿por qué cayó del cielo? ¿De dónde viene?, dijo tendiéndole una mano.
-Eso es lo de menos, joven, lo importante es a dónde vamos.
Predecibles, los labios de la mujer se curvaron en una sonrisa carmesí.
-Regrese por donde vino. Si las hojas caen es por el otoño.